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Auguste Mariette
(Boulogne, 1821 –El Cairo, 1881)

Hombre de gran preparación cultural, fue encargado, en su calidad de asistente en el Louvre, de comprar en El Cairo unos papiros egipcios. Cuando llegó allí y comprobó el saqueo de antigüedades que se practicaba se planteó tomar medidas que pusiesen freno al pillaje y garantizasen la conservación y el estudio de aquellos tesoros. La expedición de Lepsius era sólo un espejismo de respeto y dedicación, un oasis en medio de la expoliación general al modo de Belzoni. ¿Cómo parar aquello? Un país inmenso, pobre, con instituciones débiles, en el que los viajeros extranjeros pagaban en oro por cualquier objeto y en el que los naturales del país se apresuraban a proporcionárselo, incluso sustrayéndolo de entre los descubierto en excavaciones científicas. Se dice que sólo se tima a aquel que quiere timar al timador. Los egipcios tomaban por auténticos locos a los extranjeros, y, en realidad, cuando aceptaban aquel dinero, lo hacían convencidos de que los estaban estafando. Carecían de una idea clara de lo que eran aquellas bagatelas raídas, de su verdadero valor y de que estaban contribuyendo a que les robaran aquel patrimonio inestimable, cuando no a que se destruyese por la premura que reinaba entonces por la obtención expeditiva de hallazgos. El problema ya no estribaba en investigar, ni en descubrir, sino en conservar lo hallado.

En su labor investigadora, Mariette encontró, entre sus hallazgos más sobresalientes, el Serapeum, una zona repleta de tumbas de Apis. En realidad, tumbas de bueyes que, en vida, habían sido adorados en el templo de Apis como encarnación del dios, o, más bien, de Apis, servidor del dios Ptah. Se trataba de toda una necrópolis subterránea que albergaba sarcófagos de piedra de un tamaño descomunal y de un peso de sesenta o setenta toneladas en los que descansaban ¡momias de buey! Es sabido que los egipcios adoraban a varias especies animales como encarnación de sus dioses: Horus en los halcones, Tut en los ibis, etc. También lo hacían en especies vegetales, como Hator, en el sicomoro. Pero, a falta de momias de sicomoro, que habrían sido dignas de ver, nos encontramos con trescientos cincuenta metros de pasillos que comunicaban con cámaras mortuorias dedicadas a acoger sarcófagos de granito negro y rojo pulido, de una sola pieza de más de tres metros de alto, dos de ancho y cuatro de largo. A lo largo de los años, los sarcófagos habían sido saqueados, salvo dos, en los que se pudieron hallar joyas.

No lejos de allí, Mariette encontró una tumba extraordinaria. Se trataba de la del señor Ti, funcionario y latifundista importantísimo, y, por tanto, ricamente decorada. Además de ser antiquísima, tenía la característica extraordinaria (que no única) de reflejar la vida cotidiana de aquel entonces. Quizá Ti se sintió tan bien en vida que deseaba un Más Allá parecido a lo que esta vida mortal le había concedido tan generosamente; o quizá temía no recordarlo con precisión, por lo que no dejó una faceta de la vida sin reflejar en sus paredes. Su imagen, de un tamaño tres o cuatro veces mayor que el del resto de las figuras, aparece contemplando las cosechas, navegando en barcos fluviales... y, a su alrededor, la actividad febril de los taladores, constructores de barcos... sus herramientas, representadas con extremo detalle, y, por supuesto, los honores dispensados por los notables de la época al todopoderoso (o casi) señor Ti.

Algo que Mariette no comprendía, por más teorías que formuló al respecto, era el prodigio de la construcción de las pirámides. Frescos como los de la tumba de Ti daban idea de la pobreza tecnológica de aquel pueblo, lo que llevaba a la conclusión de que su fuerza constructora la constituían los brazos de los esclavos. De momento, el enigma seguía sin resolver. Mariette había avanzado más que nadie, sin duda, en lo que a la vida cotidiana de los egipcios se refiere, pero no calibraba el peso de una parte fundamental de esta: su idea de trascendencia.

Habían transcurrido ocho años desde su llegada a Egipto cuando fundó el Museo Egipcio en Bulak. Al poco tiempo, fue nombrado director del la administración de antigüedades egipcias e inspector supremo de todas las excavaciones. Esto le daba un poder casi total pero sin el que no habría podido poner freno a los desmanes que en su época sufría todo el material rescatado al tiempo.

Con el traslado del Museo a Gizeh primero y definitivamente a El Cairo, nos encontramos con una institución fuerte que no sólo mantiene una colección, sino que constituye un departamento de intervención. Todo lo encontrado desde entonces, ya fuese fruto del azar o de excavaciones planificadas, pertenecía al Museo, que podía ceder unos pocos ejemplares sueltos como gratificación honorífica a excavadores serios, pero que lo gestionaba todo, especialmente lo relativo a su estudio y conservación. Se había puesto fin a aquella locura. Y afortunadamente esta situación se perpetuó gracias a que sus sucesores en el cargo siguieron su ejemplo, en especial Maspero. Desde entonces el Museo organizaría expediciones arqueológicas todos los años.

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